DOCE AÑOS
D espués de tantos años sin abrir aquella puerta, la cerradura estaba obstruida y herrumbrosa. Víctor sintió que ofrecía una resistencia feroz a ser penetrada, como si no quisiera dejar entrar la llave para ahorrarle un reencuentro con un pasado que resultaba incierto. Él, que era alto, de mirada aguda, y con cuarenta años que parecían treinta, tenía el rostro abatido por el jet lag tras más de diez horas de vuelo. Aquella noche iba a dormir allí, en la que fue su casa de la infancia, en la que fue su habitación hasta los doce años, cuando migró a España con su padre tras la separación del matrimonio que llegó con el primer ingreso psiquiátrico de su madre. Ahora, 28 años después, y tras la muerte de ella, volvía a aquella casa para zanjar asuntos y arreglar documentos. Curioso, pensó, que al atravesar el umbral de aquel quicio no sintiera nada. Ni rastro de melancolía. El paso de los años le había helado el alma, o eso creía. Caminó por el pasillo ...



